domingo, 31 de julio de 2016


ALEXANDER NEVSKY, Sergei Eisenstein.

Por Alberto David Ripleb   

Mucho había cambiado la Unión Soviética desde mediados de la década de los veinte -cuando el más grande director soviético de todos los tiempos filmara sus dos filmes mudos propagandísticos Octubre y El acorazado Potemkin- hasta finales de los años treinta. Para entonces, Stalin ya había puesto en marcha el primero de los planes quinquenales destinados a industrializar el país, había concentrado todo el poder en sus manos y había comenzado un período de exaltación nacionalista rusa que dejaba de lado cualquier llamamiento a la revolución internacional que no estuviera liderado por Moscú. El nuevo socialismo debía ser ruso -en un solo país- y debía ser la URSS quien iluminara al resto del mundo con su llama eterna.

            El año 1938 es crucial para la historia de la Unión Soviética. Éste es el último año de los llamados Procesos de Moscú; la purga horrenda con la que se eliminó a una serie de miembros del Partido Comunista Ruso bajo falsas acusaciones de conspiración. También las relaciones ruso-alemanas se encuentran en unas circunstancias muy curiosas: a pesar de los odios ideológicos que separan a la Alemania Nazi de la Rusia Roja, los acercamientos entre los dos países no dejan de sucederse, cristalizando al año siguiente en el Pacto Nazi-Soviético (Ribbentrop-Molov) firmado en Moscú. Stalin intuye, sin embargo, el inmenso peligro que Alemania supone para Rusia y en su afán por elevar el espíritu nacional no cesa de recurrir a toda clase de símbolos del pasado que exaltan la gloria de los guerreros eslavos de la antigua Moscovia, así como su valiente resistencia ante la agresividad germana encarnada en los feroces Caballeros de la Orden Teutónica.

            Cuando Eisenstein recibe el encargo del propio Stalin de comenzar el rodaje de la epopeya del héroe ruso, el director acaba de regresar de Estados Unidos y México. Su estadía en aquel país lo convierte en sospechoso de estar contaminado de ideas políticas contrarias al comunismo, lo cual agrava su ya de por sí pesada condición de judío a los ojos del antisemita dictador soviético. Son el prestigio del director y su talento sin igual en aquel momento los que lo salvan del destino letal que sí que les estuvo reservado a otros intelectuales del momento -muchos de ellos judíos, como Isaak Babel-: el pelotón de fusilamiento.

            Durante el rodaje de la película Eisenstein estuvo firmemente vigilado por un supervisor enviado por el Kremlin. Cualquier desviación que no sirviera a los fines propagandísticos de la película debía ser abortada antes de su comienzo. Para el papel del gran héroe epónimo que da título al filme se eligió a Nikolay Cherkasov; el más prestigioso actor del momento, procedente del Teatro Bolshoi y que a la sazón tenía treinta y cinco años. Este fue uno de los grandes aciertos de la película, pues la imagen de Alexander Nevsky quedó desde entonces, en Rusia, asociada con el actor: rubio, espigado, con leve barba; un eslavo típico del siglo XII, vestido con ornamento vikingo (varego). La banda sonora corrió a cargo del compositor Serguéi Prokofiev.

            Que el Alexander Nevsky histórico, además de héroe, fuera santo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, es algo que el filme no explica -es de suponer que lo evita intencionadamente-; la exaltación del personaje es puramente patriótica y racial. De cualquier manera, la película es, en general, bastante respetuosa con los hechos históricos que son, básicamente, la recreación de la Batalla del Lago Peipus, durante la cual Alexander incita a las huestes germanas de los Caballeros Teutónicos a atacarlo desplazándose a caballo sobre las aguas heladas del lago. Debido al tremendo peso de las armaduras de los caballeros alemanes -incluso sus caballos iban acorazados- el hielo se desquebrajó, precipitándose casi toda la caballería enemiga en las profundidades del lago y pereciendo ahogados. Pero toda la película es un apasionante viaje a la primitiva Rusia del siglo XII, a través de los fantásticos vestuarios -tanto de alemanes como de rusos- y el premeditado tono de cuento, de narración épica o legendaria de que se dota al guión. La moral que se extrae: Alemania -es decir, Occidente, la Iglesia Católica- fracasa en todos sus intentos de sojuzgar y conquistar la Rusia Ortodoxa. Así también fracasará el nazismo en su afán por someter y aniquilar a la Rusia Soviética; fracasará el capitalismo y la democracia burguesa.

            La película se ganó la admiración de Stalin. Eisenstein recibió el Premio Stalin y recibió dos años después el nuevo encargo de filmar la vida y época de otro personaje ruso de lo más controvertido y, también, infame: Iván el Terrible. Éste será encarnado, igualmente, por el ya mencionado Nikolay Cherkasov. Pero esto ya es otra historia.

 

 

 

 

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