jueves, 21 de julio de 2016


LA DEFENSA, Vladímir Nabokov.

Por Alberto David Ripleb

Aunque más apropiado para las mentes matemáticas que para las de los hombres de letras, el juego del ajedrez no ha cesado desde su llegada al continente europeo de inspirar a novelistas y ensayistas -no siempre con una visión positiva del mismo- por lo fascinante de sus posibilidades; sus movimientos y combinaciones que muchos consideran infinitos, así como por los misterios de las mentes laberínticas de muchos de sus maestros.

            En la antigua Unión Soviética sus dirigentes lo consideraban esencial para la educación de las masas. Más de una fotografía nos muestra al propio Lenin batiéndose al ajedrez con algún otro líder sobresaliente de la élite comunista -en una ocasión es el escritor Máximo Gorki quien observa al semidiós rojo completamente abstraído en mitad de una partida-. Sin embargo, la pasión rusa por este juego que no es un juego se remonta a tiempos anteriores a la revolución.

            Detrás del ajedrez se agrupan toda una serie de símbolos, de lecturas sociológicas, de gestos y posturas políticas que han venido variando con los tiempos. En los años ochenta del siglo XX, muchos seguimos el enfrentamiento entre Kárpov y Kaspárov, ambos soviéticos. Se suponía -así lo sostiene el propio Kaspárov en su obra Hijo del cambio- que la jugada de este último representaba una innovación que rompía con las maneras conservadoras y anquilosadas de su contrincante, niño mimado por la nomenklatura soviética.

            Juego de genios, de semidioses intelectuales. Sin embargo, surge también una pregunta: ¿Son titanes de la inteligencia los que se entregan exclusivamente al ajedrez, como eje único de sus vidas, o son sociópatas obsesos, egocéntricos prisioneros de mundos interiores que son incapaces de compartir con sus semejantes?

            En su novela La defensa, el escritor ruso Vladímir Nabókov nos descubre el universo alienante de Luzhin, un genio del ajedrez cuya infancia fue un mar de soledad y silencio -sin amigos, con una casi total falta de comunicación con sus progenitores-, y que, por una pura casualidad, descubre el enigmático juego y se aferra a él como a una tabla de salvamento. Colegial sin brillantez ni talento para prácticamente ninguna asignatura, ve cómo se le revela una extraña inteligencia o don oculto para trazar en segundos las más complejas combinaciones. No tarda en revelarse como un genio fuera de serie, objeto de la atención y admiración de toda la Europa ajedrecística; no tardando en batirse con las figuras de primera fila mundial.

            Nabókov -como en toda su obra perteneciente a su primera etapa narrativa, en la que aún no ha abandonado la lengua rusa- nos lleva de paseo por los ambientes burgueses de la Rusia anterior a la revolución de 1917 y, posteriormente, por el mundo de los expatriados rusos residentes en las grandes capitales de Europa; en este caso Berlín, donde el propio autor vivió durante muchos años de su juventud escribiendo para revistas literarias conocidas únicamente por los círculos rusófonos. Al contrario que a Nabókov, a Luzhin no le espera el éxito; pasados sus años de gloria -durante los cuales nada hizo aparte de lucirse en partidas de ajedrez como estrella de un mundo demasiado hermético y dominado por los adultos-, sin especialidad profesional alguna, sobrevive oscuramente componiendo problemas de ajedrez para las revistas y periódicos. Por lo demás, un inútil que apenas ha aprendido a atarse los zapatos; tosco, desaseado, introvertido y sin modales. La incapacidad del personaje para las relaciones sociales se hará aún más manifiesta cuando aparezca en su vida -ya más que adulto- la primera mujer que se enamore de él. El mundo obsesivo, casi alucinatorio, del ajedrez será la madeja de hilos enredados que acabará por estrangular su relación y su intento final de afianzarse en una vida normal.

            Me hago una pregunta: ¿Por qué un ser como Luzhin abandonaría la recién fundada Unión Soviética? ¿No habría sido más feliz viviendo como genio declarado del arte estrella comunista dentro de la nueva nación? Alguien como él no habría necesitado más que una pequeña habitación -celda monástica, más o menos- y un tablero de ajedrez para sentirse pleno. Mejor que el vagabundeo por la Europa capitalista como paria eterno.

             

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