lunes, 22 de agosto de 2016


MARIO Y EL MAGO (Mario und der Zauberer) de Thomas Mann

Por Alberto David Ripoll

Se ha mencionado y se ha escrito en muchas ocasiones acerca del poder hipnótico de ciertos demagogos y agitadores de masas. Durante el período de entreguerras éstos abundaron por toda Europa. Procedían de casi todas las ideologías políticas a la izquierda y a la derecha; a veces imbuidos de visiones mesiánicas con tintes religiosos o que pretendían serlo. En la Europa Central predominaron claramente los agitadores de la derecha. A la par del Partido Nacional Socialista Alemán surgieron otras organizaciones derechistas, en muchos casos precediéndolo en años. La idea del líder conductor para la nación alemana (Führer) era antigua; se le esperaba desde hacía tiempo y ya había sido anunciada por el poeta Stefan George. Fue, sin embargo, Italia, un país que durante la I Guerra Mundial se había posicionado en el bando de los vencedores -sintiéndose, no obstante, terriblemente frustrado con los frutos que la victoria le había aportado- donde tuvo lugar el ascenso del primero de los dictadores modernos: Benito Mussolini. Con su llegada al poder se ponía punto y final al período de huelgas y desórdenes políticos que habían caracterizado los primeros años de la posguerra italiana.

            La Italia que el escritor alemán Thomas Mann visita en 1926 -creo que por segunda vez en su vida- es muy diferente de aquella de 1991; la que tanta satisfacción le produjo y la que le inspirara, en parte, la breve novela La muerte en Venecia. Además de un paisaje diferente -ya no es el Mar Adriático veneciano, sino el tirreno de la localidad balneario de Forte dei Marmi- el escritor, acompañado de su esposa y los dos más jóvenes de entre los cuatro hijos que por entonces tenía, encuentra una sociedad tremendamente cambiada. Mussolini lleva ya cuatro años en el poder en el que parece va a perpetuarse y la atmósfera del país se ha vuelto absolutamente nacionalista y terriblemente agresiva hacia los ciudadanos de ciertas naciones de Europa, entre ellas Alemania, por entonces bajo la modélica democracia de Weimar. Los extranjeros en general y los alemanes en particular inspiran una desconfianza y antipatía extrema entre los veraneantes de clase alta italiana. Los símbolos nacionales -banderas italianas adornadas con el escudo fascista en su centro- se encuentran por todas partes. El pueblo italiano en su totalidad le parece caído en un trance hipnótico anulador de la voluntad que obedece a los gestos histriónicos del Duce.

            Sería unos años más tardes, ya de vuelta en Alemania, cuando Thomas Mann recrearía sus impresiones de la estancia en la localidad italiana por medio de una de sus mejores novelas breves (Novellen). Suele tenerse a Mario y el mago por la narración en la que el autor con más saña expuso su desprecio hacia los modos y manejos de la población por parte de los estados totalitarios; como aquel en el que tan solo cuatro años tras la aparición del libro iba a convertirse la propia Alemania. En primera persona el autor nos cuenta de su llegada a la localidad de Torre di Venere (trasunto de Forte dei Marmi); los malos modos con que es recibido en el hotel, la antipatía de la población hacia él y su familia (incluso la tos nocturna de su hijo es motivo de protesta). El cúmulo de desaires culmina cuando su hija pequeña se baña desnuda en la playa; hecho que redunda en el escándalo público y la imposición de una denigrante multa. Hubieran abandonado el lugar de no ser porque se topan con el anuncio publicitario de la visita del gran hipnotizador Cipolla, un acontecimiento que atrae sobre todo a los dos niños.

            Cipolla, además de poseer poderes hipnóticos, es un gran charlatán; un artista de lengua fácil que encandila a su público con bellas expresiones acerca de su propio arte, sin dejar de adular al Duce de la nación italiana. Es -o aparenta ser- un gran patriota; el personaje al que desean escuchar muchos de los oyentes conservadores italianos que se encuentran en la sala en la que lleva a cabo sus números. Es así como se revela el carácter manipulador y bajo del "mago"; un hombre cuya apariencia es la de una especie de simio retorcido y jorobado; una fealdad física que se supone un reflejo de la perversidad de su alma. Durante la sesión de hipnosis, esclavizará durante minutos a diferentes personalidades de la sala hasta concluir con Mario, joven camarero conocido del narrador y su familia. Las diversas humillaciones a las que Cipolla somete a Mario serán el detonante de la tragedia final.

            ¿Es Cipolla el trasunto de algún tipo de dictador fascista? Tal vez. Así, como ante los pases mágicos del magnetizador, miles de seres humanos en Italia, Alemania y Austria se someterían a los designios -a los caprichos- de hombres aparentemente insignificantes capaces de mover a las masas simplemente alzando el brazo y pronunciando unas palabras.

 

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