sábado, 29 de octubre de 2016


SEBASTIAN EN SUEÑOS (Sebastian im Traum), Georg Trakl.

Por Alberto Ripleb

Para muchos el estallido de la I Guerra Mundial supuso la confirmación del esperado Apocalipsis que tantas congregaciones religiosas y sectas -a veces, meros círculos esotéricos- venían anunciando para Europa y el mundo. Todo comenzó con un estallido de alegría, de patriotismo; de euforia ante la vuelta al heroísmo en el campo de batalla que debía sacar a las naciones de Europa de su embotado pacifismo y su buena vida. Todo terminó en una de las más anti heroicas guerras que la humanidad haya conocido. El continente europeo se desgarró y los imperios cayeron cercenados y desarticulados; surgieron nuevos estados -repúblicas y monarquías fugaces-, además de ese monstruo gigantesco y amenazador en el este llamado Unión Soviética. Para muchos ese era el comienzo del fin de los tiempos. El orden tradicional se había roto y los movimientos revolucionarios violentos de izquierda y derecha comenzaban a extenderse por Europa. Nacía la República de Weimar en Alemania y Oswald Spengler publicaba su obra grandiosa Der Untergang des Abendlandes (La decadencia de Occidente).

            Nada de esto llegó a verlo el poeta austríaco Georg Trakl, que había sido el gran profeta y visionario de todo ese apocalipsis crepuscular; el que en sus versos llenos de símbolos y signos visuales y sonoros había escrito, con la sabia de sus terrores y sus obsesiones enfermizas, el destino de la civilización, de la humanidad. Su poesía -de una belleza tan extraordinaria que resulta, además de inusitada, perturbadora por proceder de un hombre de poco más de veinte años en el momento en que fue escrita en su mayor parte- es enigmática, inquietante; conduce al lector silencioso o susurrante a un mundo pretérito de galerías de viejas mansiones, jardines otoñales, valles solitarios de la Europa Central. La melancolía infinita de una infancia solitaria y extraña -relaciones ambiguas con una hermana tiempo ha desaparecida- se prolonga hasta lo insoportable; amigos adolescentes fallecidos, creencias en presagios y apariciones fantasmales.

            La fijación de Trakl con las figuras luminosas u oscuras del pasado -Jesucristo, Barrabás o San Sebastián- o de la mitología se entrelazan y confunden con los nombres misteriosos por él ideados -Anif, Elis- los cuales son una especie de ángeles juveniles encarnación de la pureza paradisíaca que el poeta amó toda su vida; seres también anunciadores del fin de los días, de la extinción total de la especie humana tras su larga decadencia.

            Para mí no hay poema más bello -ni más extraño y opresivo- en toda la literatura alemana -quizás tampoco en ninguna otra- que An den Knaben Elis (Al muchacho Elis): "Elis, wenn die Amsel im schwarzen Wald ruft, dieses ist dein Untergang" (Elis, cuando el mirlo cante en el oscuro bosque, ese será tu ocaso). Ocaso, caída, final; lo que se anuncia al género humano. Elis parte con paso suave hacia la noche, hacia su propia extinción; su frente sangrando silenciosamente, devenido en leyenda tras la muerte, convertido en un jacinto en las manos de un monje. Pero, ¿quién es ese misterioso muchacho Elis? Imposible saberlo; se ha pensado en los mitos helénicos de Endimión y de Jacinto, incluso en una especie de imaginario antecesor de Adán, un reflejo del paraíso perdido.

            Los poemas de Sebastian im Traum (Sebastián en sueños) -cuyo título hace referencia al mártir cristiano- engloban todo ese mundo de decadencia y putrefacción, antigüedad y obsesión con el pasado, de presencia de la naturaleza misteriosa. La soledad, la infancia sombría que parece no querer disiparse.

            Trakl fue un esclavo del alcohol y las drogas; las visiones apocalípticas de su poesía no son meras ensoñaciones, tienen la veracidad de la alucinación; algo que se cree de veras haber visto. Los difuntos pueblan su poemas; silenciosas apariciones crepusculares. Su obsesión con los atrios de iglesias y los cementerios prefiguran la pulsión suicida que se lo llevó finalmente.

                        Por fin llegó el apocalipsis. Como enfermero voluntario, Trakl trabajaba con la cocaína con la que finalmente se quitó la vida. La batalla de Grodek, que tuvo lugar entre austríacos y rusos en la región de Galitzia durante la Gran Guerra, lo fulminó anímicamente. La visión de los cadáveres y la agonía de los supervivientes -los gritos y estertores- lo acompañaron, sin duda, en sus últimos momentos, con la droga en sus manos temblorosas. "Grodek" es precisamente el título de su último poema. En él vuelve una de sus más antiguas obsesiones: los "Ungeborene" (los no nacidos). En él nos habla de la sombra vacilante de la hermana que se inclina para saludar a los héroes muertos de sangrante cabeza; de las flautas otoñales y los altares metálicos, del dolor de los nietos no nacidos. Sangre derramada, frío lunar, guerreros moribundos.

            El sacrificio de la Batalla de Grodek-Lemberg -como de todas aquellas en las que el ejército austríaco, dese los Alpes a los Cárpatos fue zarandeado- fue estéril. El sacrificio de cientos de soldados, tanto rusos como austríacos, no sirvió de nada; ambos imperios desaparecieron. La posterior Paz de Versalles fue un mero interregno de tranquilidad aparente y relativa. El auténtico apocalipsis le llegaría a toda Europa dos décadas más tarde, cuando, precisamente de Austria, llegara el mesías anunciador de la destrucción total.