viernes, 11 de agosto de 2017


EL ASESINATO DE TROTSKY, de Joseph Losey

Por Alberto David Ripoll

Parece que ha transcurrido una eternidad desde que vi por primera vez esta película y quedé fascinado con la figura histórica cuyos últimos días retrataba. Más que el personaje e ideólogo político en sí -a estas alturas nadie me va a tomar por comunista de ninguna de las diferentes corrientes en las que muchos gustan de encuadrarse aún hoy en día- lo que de Trotsky llamaba mi atención y, en parte, me seducía era su poderosa personalidad, su vida aventurera y llena de peripecias como vagabundo apátrida y políglota y ese trágico final a manos de un loco fanático, sicario del déspota Stalin. Que fuera ruso -poco me importaba si su origen era hebreo, para mí era ruso, simplemente- resultaba a mis ojos un valor añadido, pues Rusia, ya fuera el viejo imperio de los zares o la por aquel entonces -hablo de los primeros años 90 del pasado siglo- recién fenecida Unión Soviética, ejercía un fuerte encanto sobre mí. Además de esto, es de recordar que Trotsky no fue únicamente una víctima -primero exilio, más tarde asesinato- fue también un comunista intransigente, un revolucionario que, durante el período en el que gozó de poder antes de caer en desgracia, organizó los campos de trabajos forzados en la URSS -la esclavitud, ni más ni menos- y ordenó el asesinato de innumerables opositores. Pero esto es historia y ahora que han pasado los años -con la monstruosidad que supuso la tiranía comunista definitivamente muerta y enterrada- podemos disfrutar sin miedo la excelente épica literaria y cinematográfica que también aquel período nos dejó.

            Se suele afirmar que Joseph Losey es el más europeo de todos los cineastas estadounidenses que han existido. Afiliado en su día al Partido Comunista Americano, residió en Moscú en los años 30, donde llegó a conocer a Sergei Einstein y al dramaturgo alemán Bertolt Brecht. A comienzos de los años 50, durante la era del Macartismo, fue incluido en la Lista Negra del Comité de Actividades Anti-Americanas. Este acontecimiento le sorprendió durante una estancia en Italia, por lo que se decidió a no volver a su país, radicándose en el Reino Unido hasta su muerte. "El sirviente" (el extraño vínculo entre un aristócrata y su criado), "Caza humana" (donde dos convictos evadidos son perseguidos por un misterioso helicóptero en un inconcreto país del tercer mundo) y "Ceremonia secreta" (donde una mujer de edad mediana cree reconocer a su hija muerta en una joven que encuentra casualmente en la calle, mientras la muchacha parece reconocerla a ella como su madre), son para mí, junto con "El asesinato de Trotsky", sus películas más interesantes; al menos, creo, las más cercana a un espectador de nuestros días.

            Por segunda vez he visto "El asesinato de Trotsky" y, como no podía ser menos, en esta ocasión, tras más de veinte años de lecturas sobre la Revolución Rusa y sobre el personaje de Trotsky en concreto, mucho ha cambiado mi parecer sobre la película y mi disfrute de la misma: los personajes, los actores, continúan cautivándome, aunque de manera mucho más atenuada. Ahora encuentro más ingenuo el pretendido tono documental con el que se abre la película y nos presenta esa mini biografía del revolucionario desplegando una colección de fotos que llevan al pie una breve explicación sobre sus actividades políticas en un determinado año. No se trata de un documental, en realidad, sino de una pura dramatización, aunque sumamente lograda.

            Trotsky fue asesinado en Ciudad de Méjico, en una villa protegida como un fortín por guardias armados adictos a él. De nada le sirvió la protección, pues el comunista estalinista español, Ramón Mercader, logró burlar con astucia la estricta vigilancia y matar sin remilgos, golpeándolo con un pico en la cabeza, al viejo revolucionario ruso. De la ideología trotskista (la revolución permanente, cuyo máximo representante en España fue el POUM) no queda ya casi ni el recuerdo.

            Pero ver esta película, este drama histórico, significa vivir de veras aquellos acontecimientos que parecen ya casi ficción. No puede ser disfrutada por nadie que no tenga un fuerte interés en ese concreto período histórico, que no se haya puesto al día con el personaje y con sus circunstancias únicas. Richard Burton es Trotsky; Alain Delon es su asesino, llamado en la película Frank Jackson (uno de sus nombres supuestos, al igual que Jacques Mornard). La atmósfera asfixiante de la villa convertida en búnker, las conversaciones políticas de Trotsky con sus amigos y familiares (su nieto, entre otros), la enfermiza relación de Jackson-Mercader con su amante Gita Samuels (Romy Schneider), el horripilante final del anciano; esos son los elementos que conceden aún grandeza a esta película. Si les interesa el tema, no se la pierdan.

           

 

           

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