miércoles, 31 de mayo de 2017


UNAS PALABRAS DE ANGELA MERKEL SON INTERPRETADAS POR LA PRENSA INTERNACIONAL COMO EL ANUNCIO DEL FIN DE UNA ERA

Por Albert Ripleb

Sucedió el pasado 28 de mayo, un día después de la cumbre del G-7 que tuvo lugar en Taormina (Italia), durante cuyo desarrollo pocos logros se han alcanzado, más allá del acuerdo de prolongar las sanciones a Rusia y de proseguir la lucha contra el terrorismo, o la política común en lo que a países como Libia o Corea del Norte se refiere. Las diferencias entre el presidente norteamericano Donald Trump y sus hasta ahora aliados europeos se volvieron nítidas y tremendas. Los modales toscos y groseros de Trump (el empujón al primer ministro de Montenegro para hacerse sitio en la foto) o su ignorancia de muchos de los temas que se trataban en la cumbre no hacen más que evidenciar ese abismo que hoy en día separa la diplomacia estadounidense de la europea.

            Pero fue el día siguiente de la insatisfactoria cumbre cuando Angela Merkel pronunció unas palabras que, con o sin intención, han levantado una tempestad de titulares y artículos interpretativos en toda la prensa europea y norteamericana.

            "Los europeos debemos tomar el destino en nuestras manos", dijo. Y añadía: "Los tiempos en los cuales dependíamos unos de otros han llegado, en parte, a su fin. Esta es mi experiencia de los últimos días".

            La canciller aseguraba, además, que tras el Brexit y la llegada de Trump a la Casa Blanca, ni con Estados Unidos ni con el Reino Unido podía ya contar la Unión Europea. A continuación apelaba al llamado Eje Franco-Alemán como fuerza líder y conductora del continente.

            Los continuos ataques de Trump a Alemania ("los alemanes dañan la economía de los Estados Unidos", llegó a decir) no dejan de afianzar el enfrentamiento entre los dos mundos.

            Las palabras de Angela Merkel son interpretadas por casi todos  como una llamada al inicio de una nueva era. La Unión Europea debe ser salvada a toda costa. De qué manera -renovación del euro, búsqueda de nuevos socios y aliados (China, sin duda el principal)- es algo que aún deberá discutirse.

           

domingo, 14 de mayo de 2017


VICTORIA DE LA CDU Y FUERTE ASCENSO DEL FDP EN LAS ELECCIONES DE RENANIA DEL NORTE-WESTFALIA.

Por Albert Ripleb

La Unión Cristianodemócrata (CDU) de Angela Merkel es la indiscutible ganadora de las elecciones regionales que este domingo se han celebrado en el estado alemán de Renania del Norte-Westfalia (Nordrhein-Westfalen). El segundo puesto ha sido para los socialdemócratas del SPD, los cuales han sufrido un fuerte descenso -como ya ocurrió en las elecciones precedentes que tuvieron lugar en Schleswig-Holstein- que no ha podido ser detenido ni con el anuncio de candidatura para las próximas elecciones legislativas del prestigioso líder Martin Schultz.

            La gran novedad es el fuerte ascenso del Partido Liberal (FDP) que a nivel nacional lidera el joven Christian Lindner. Este partido que tras las últimas elecciones generales había quedado fuera del Bundestag (Parlamente Federal) se convierte ahora en la tercera fuerza política del estado, desplazando a los Verdes (Die Grünen), que hasta ahora habían gobernado en coalición con el SPD.

            Que un partido de centro, liberal y europeísta como es el FDP vuelva a tener presencia en el parlamento alemán -como se espera que ocurra tras las elecciones generales del próximo 24 de septiembre- es una maravillosa noticia para aquellos que defendemos estos valores y nos identificamos con ellos. Sí a la Unión Europea y a la moneda común; a la libre circulación de sus ciudadanos y a la solidaridad entre los estados.

            En Holanda y Francia -y probablemente pronto también en Alemania- los extremismos populistas (de izquierdas y de derechas) y ultranacionalistas son derrotados por partidos liberales que no prometen la luna a los ciudadanos, sino que ofrecen soluciones pragmáticas y razonables.

Breve nota sobre Christian Lindner.

Nacido en Wuppertal el 7 de enero de 1979, este politólogo es el líder del Partido Liberal alemán (FDP) desde 2013, un año fatídico en el que tras las elecciones generales la formación no logró el mínimo de votos necesarios para obtener representación en el Bundestag (Parlamento Federal). Milita en el partido desde 1995.

            Una de sus últimas propuestas es la de que Grecia debe abandonar la Zona Euro (no la Unión Europea), perdonándosele previamente todas sus deudas; pudiendo, como miembro de la unión, continuar acogiéndose a la asistencia europea. De este modo, el país podría encontrar un nuevo comienzo y no pondría en peligro al resto de los estados.

 

 

sábado, 29 de octubre de 2016


SEBASTIAN EN SUEÑOS (Sebastian im Traum), Georg Trakl.

Por Alberto Ripleb

Para muchos el estallido de la I Guerra Mundial supuso la confirmación del esperado Apocalipsis que tantas congregaciones religiosas y sectas -a veces, meros círculos esotéricos- venían anunciando para Europa y el mundo. Todo comenzó con un estallido de alegría, de patriotismo; de euforia ante la vuelta al heroísmo en el campo de batalla que debía sacar a las naciones de Europa de su embotado pacifismo y su buena vida. Todo terminó en una de las más anti heroicas guerras que la humanidad haya conocido. El continente europeo se desgarró y los imperios cayeron cercenados y desarticulados; surgieron nuevos estados -repúblicas y monarquías fugaces-, además de ese monstruo gigantesco y amenazador en el este llamado Unión Soviética. Para muchos ese era el comienzo del fin de los tiempos. El orden tradicional se había roto y los movimientos revolucionarios violentos de izquierda y derecha comenzaban a extenderse por Europa. Nacía la República de Weimar en Alemania y Oswald Spengler publicaba su obra grandiosa Der Untergang des Abendlandes (La decadencia de Occidente).

            Nada de esto llegó a verlo el poeta austríaco Georg Trakl, que había sido el gran profeta y visionario de todo ese apocalipsis crepuscular; el que en sus versos llenos de símbolos y signos visuales y sonoros había escrito, con la sabia de sus terrores y sus obsesiones enfermizas, el destino de la civilización, de la humanidad. Su poesía -de una belleza tan extraordinaria que resulta, además de inusitada, perturbadora por proceder de un hombre de poco más de veinte años en el momento en que fue escrita en su mayor parte- es enigmática, inquietante; conduce al lector silencioso o susurrante a un mundo pretérito de galerías de viejas mansiones, jardines otoñales, valles solitarios de la Europa Central. La melancolía infinita de una infancia solitaria y extraña -relaciones ambiguas con una hermana tiempo ha desaparecida- se prolonga hasta lo insoportable; amigos adolescentes fallecidos, creencias en presagios y apariciones fantasmales.

            La fijación de Trakl con las figuras luminosas u oscuras del pasado -Jesucristo, Barrabás o San Sebastián- o de la mitología se entrelazan y confunden con los nombres misteriosos por él ideados -Anif, Elis- los cuales son una especie de ángeles juveniles encarnación de la pureza paradisíaca que el poeta amó toda su vida; seres también anunciadores del fin de los días, de la extinción total de la especie humana tras su larga decadencia.

            Para mí no hay poema más bello -ni más extraño y opresivo- en toda la literatura alemana -quizás tampoco en ninguna otra- que An den Knaben Elis (Al muchacho Elis): "Elis, wenn die Amsel im schwarzen Wald ruft, dieses ist dein Untergang" (Elis, cuando el mirlo cante en el oscuro bosque, ese será tu ocaso). Ocaso, caída, final; lo que se anuncia al género humano. Elis parte con paso suave hacia la noche, hacia su propia extinción; su frente sangrando silenciosamente, devenido en leyenda tras la muerte, convertido en un jacinto en las manos de un monje. Pero, ¿quién es ese misterioso muchacho Elis? Imposible saberlo; se ha pensado en los mitos helénicos de Endimión y de Jacinto, incluso en una especie de imaginario antecesor de Adán, un reflejo del paraíso perdido.

            Los poemas de Sebastian im Traum (Sebastián en sueños) -cuyo título hace referencia al mártir cristiano- engloban todo ese mundo de decadencia y putrefacción, antigüedad y obsesión con el pasado, de presencia de la naturaleza misteriosa. La soledad, la infancia sombría que parece no querer disiparse.

            Trakl fue un esclavo del alcohol y las drogas; las visiones apocalípticas de su poesía no son meras ensoñaciones, tienen la veracidad de la alucinación; algo que se cree de veras haber visto. Los difuntos pueblan su poemas; silenciosas apariciones crepusculares. Su obsesión con los atrios de iglesias y los cementerios prefiguran la pulsión suicida que se lo llevó finalmente.

                        Por fin llegó el apocalipsis. Como enfermero voluntario, Trakl trabajaba con la cocaína con la que finalmente se quitó la vida. La batalla de Grodek, que tuvo lugar entre austríacos y rusos en la región de Galitzia durante la Gran Guerra, lo fulminó anímicamente. La visión de los cadáveres y la agonía de los supervivientes -los gritos y estertores- lo acompañaron, sin duda, en sus últimos momentos, con la droga en sus manos temblorosas. "Grodek" es precisamente el título de su último poema. En él vuelve una de sus más antiguas obsesiones: los "Ungeborene" (los no nacidos). En él nos habla de la sombra vacilante de la hermana que se inclina para saludar a los héroes muertos de sangrante cabeza; de las flautas otoñales y los altares metálicos, del dolor de los nietos no nacidos. Sangre derramada, frío lunar, guerreros moribundos.

            El sacrificio de la Batalla de Grodek-Lemberg -como de todas aquellas en las que el ejército austríaco, dese los Alpes a los Cárpatos fue zarandeado- fue estéril. El sacrificio de cientos de soldados, tanto rusos como austríacos, no sirvió de nada; ambos imperios desaparecieron. La posterior Paz de Versalles fue un mero interregno de tranquilidad aparente y relativa. El auténtico apocalipsis le llegaría a toda Europa dos décadas más tarde, cuando, precisamente de Austria, llegara el mesías anunciador de la destrucción total.

           

           

 

domingo, 11 de septiembre de 2016


BAJO EL YUGO (Pod igoto), de Iván Vasov.

Por Alberto David Ripleb

Aunque su liquidación y disolución final tuvo lugar oficialmente en 1918 con la derrota definitiva de los Imperios Centrales en la I Guerra Mundial, el fin del Imperio Otomano -"el hombre enfermo de Europa", como se le venía llamando- había sido anunciado mucho tiempo atrás, ya a mediados del siglo XIX y aún antes. Sus últimos dominios europeos continentales se localizaron en los Balcanes, donde el decadente imperio musulmán había degenerado en una especie de monstruo rapaz, voraz y opresivo que chupó la sangre de los pueblos -principalmente eslavos- a los que había sometido y mantenía en un estado de postración y atraso tan grande como era ya el suyo propio. Apoyados por las clases cultas europeas y las cada vez más poderosas potencias occidentales, los pueblos sometidos por el sultán se fueron rebelando paulatinamente; primero sin éxito, en levantamientos que eran aplastados en sangre; poco a poco en grandes estallidos de rebeldía nacional que llevaban a guerras de liberación. Estos estallidos nacionalistas estaban muchas veces instigados y asistidos desde el Imperio Ruso, el cual se había arrogado el papel de protector de los pueblos ortodoxos de Europa, ya no solo eslavos. Grecia y Serbia se independizaron en 1830 y Bulgaria lo haría en 1878, al igual que Rumanía. Albania debió esperar hasta bien entrado el siglo XX. Los turcos fueron arrojados prácticamente de Europa, si bien conservaron la Tracia junto al Mar Negro y mantuvieron su control sobre los estrechos de Bósforo y Dardanelos, así como el Mar de Mármara.

            La literatura de todas las naciones de la Europa Central y Oriental que se encontraron bajo dominio otomano está cuajada de relatos, novelas y poemas que narran la gesta de los héroes patrióticos que se enfrentaron y sacrificaron en la lucha contra el turco. En Bulgaria, el novelista más afamado dentro y fuera de sus fronteras, Iván Vasov, escribió en 1978, prácticamente recién lograda la independencia del país, la que se convertiría en la gran epopeya de su patria; la novela Bajo el yugo. Se trata de una tragedia de exaltación de los héroes patrióticos búlgaros -personajes anónimos y pueblerinos de los que nada se sabe en el extranjero- escrita en un lenguaje nada complicado, explicativo e ilustrativo, muy al estilo de la novela romántica decimonónica. Además de gesta heroica, es también una historia de amor y un retrato de la vida en las aldeas búlgaras de la época. Su maniqueísmo es evidente: la maldad y abyección de los turcos -no hay prácticamente ninguno bueno- y sus partidarios traidores locales y la bondad y heroísmo infinito de los búlgaros, así como el sufrimiento de éstos bajo el imperio de los primeros.

            La historia es amena y simple, lo más normal es que se lea de un tirón. Los personajes no tienen grandes complicaciones sicológicas; más bien ninguna. El hilo central es la historia del patriota Iván Kralicha, el cual regresa a su aldea natal tras evadirse de un terrible penal turco en Asia Menor. Su presencia de incógnito en el lugar supone la agitación de las fuerzas revolucionarias anti turcas que llevarán al enfrentamiento final -completamente inútil, aunque heroico- ahogado en sangre por los otomanos.

            Bajo el yugo no está, ni mucho menos, a la altura de las grandes novelas del siglo XIX, eslavas o no, pero es un interesantísimo ejercicio de acercamiento a la historia de Bulgaria en esa época y siempre es un placer el descubrimiento de un autor del que, creo, aparte de esta novela no se dispone de ninguna otra traducción al español. El tono menor de su narrativa a veces recuerda el de las novelas de aventuras de la época. Yo no pude evitar pensar en El archipiélago en llamas de Julio Verne, novela en la que también los turcos encarnan las fuerzas del mal sobre la tierra, esta vez en su sometimiento de los griegos. La novela de Verne es algo posterior. Es sabida la admiración del autor francés por los pueblos eslavos, a los que contrapone heroicamente a la maldad de turcos y alemanes en Europa. ¿Habría leído Verne previamente a Vasov? Quién sabe.

            Mencionar finalmente que la traducción española está a cargo de dos personas, una de las cuales es el escritor español -gran conocedor de las lenguas y culturas eslavas- Juan Eduardo Zúñiga.

           

lunes, 22 de agosto de 2016


MARIO Y EL MAGO (Mario und der Zauberer) de Thomas Mann

Por Alberto David Ripleb

Se ha mencionado y se ha escrito en muchas ocasiones acerca del poder hipnótico de ciertos demagogos y agitadores de masas. Durante el período de entreguerras éstos abundaron por toda Europa. Procedían de casi todas las ideologías políticas a la izquierda y a la derecha; a veces imbuidos de visiones mesiánicas con tintes religiosos o que pretendían serlo. En la Europa Central predominaron claramente los agitadores de la derecha. A la par del Partido Nacional Socialista Alemán surgieron otras organizaciones derechistas, en muchos casos precediéndolo en años. La idea del líder conductor para la nación alemana (Führer) era antigua; se le esperaba desde hacía tiempo y ya había sido anunciada por el poeta Stefan George. Fue, sin embargo, Italia, un país que durante la I Guerra Mundial se había posicionado en el bando de los vencedores -sintiéndose, no obstante, terriblemente frustrado con los frutos que la victoria le había aportado- donde tuvo lugar el ascenso del primero de los dictadores modernos: Benito Mussolini. Con su llegada al poder se ponía punto y final al período de huelgas y desórdenes políticos que habían caracterizado los primeros años de la posguerra italiana.

            La Italia que el escritor alemán Thomas Mann visita en 1926 -creo que por segunda vez en su vida- es muy diferente de aquella de 1991; la que tanta satisfacción le produjo y la que le inspirara, en parte, la breve novela La muerte en Venecia. Además de un paisaje diferente -ya no es el Mar Adriático veneciano, sino el tirreno de la localidad balneario de Forte dei Marmi- el escritor, acompañado de su esposa y los dos más jóvenes de entre los cuatro hijos que por entonces tenía, encuentra una sociedad tremendamente cambiada. Mussolini lleva ya cuatro años en el poder en el que parece va a perpetuarse y la atmósfera del país se ha vuelto absolutamente nacionalista y terriblemente agresiva hacia los ciudadanos de ciertas naciones de Europa, entre ellas Alemania, por entonces bajo la modélica democracia de Weimar. Los extranjeros en general y los alemanes en particular inspiran una desconfianza y antipatía extrema entre los veraneantes de clase alta italiana. Los símbolos nacionales -banderas italianas adornadas con el escudo fascista en su centro- se encuentran por todas partes. El pueblo italiano en su totalidad le parece caído en un trance hipnótico anulador de la voluntad que obedece a los gestos histriónicos del Duce.

            Sería unos años más tardes, ya de vuelta en Alemania, cuando Thomas Mann recrearía sus impresiones de la estancia en la localidad italiana por medio de una de sus mejores novelas breves (Novellen). Suele tenerse a Mario y el mago por la narración en la que el autor con más saña expuso su desprecio hacia los modos y manejos de la población por parte de los estados totalitarios; como aquel en el que tan solo cuatro años tras la aparición del libro iba a convertirse la propia Alemania. En primera persona el autor nos cuenta de su llegada a la localidad de Torre di Venere (trasunto de Forte dei Marmi); los malos modos con que es recibido en el hotel, la antipatía de la población hacia él y su familia (incluso la tos nocturna de su hijo es motivo de protesta). El cúmulo de desaires culmina cuando su hija pequeña se baña desnuda en la playa; hecho que redunda en el escándalo público y la imposición de una denigrante multa. Hubieran abandonado el lugar de no ser porque se topan con el anuncio publicitario de la visita del gran hipnotizador Cipolla, un acontecimiento que atrae sobre todo a los dos niños.

            Cipolla, además de poseer poderes hipnóticos, es un gran charlatán; un artista de lengua fácil que encandila a su público con bellas expresiones acerca de su propio arte, sin dejar de adular al Duce de la nación italiana. Es -o aparenta ser- un gran patriota; el personaje al que desean escuchar muchos de los oyentes conservadores italianos que se encuentran en la sala en la que lleva a cabo sus números. Es así como se revela el carácter manipulador y bajo del "mago"; un hombre cuya apariencia es la de una especie de simio retorcido y jorobado; una fealdad física que se supone un reflejo de la perversidad de su alma. Durante la sesión de hipnosis, esclavizará durante minutos a diferentes personalidades de la sala hasta concluir con Mario, joven camarero conocido del narrador y su familia. Las diversas humillaciones a las que Cipolla somete a Mario serán el detonante de la tragedia final.

            ¿Es Cipolla el trasunto de algún tipo de dictador fascista? Tal vez. Así, como ante los pases mágicos del magnetizador, miles de seres humanos en Italia, Alemania y Austria se someterían a los designios -a los caprichos- de hombres aparentemente insignificantes capaces de mover a las masas simplemente alzando el brazo y pronunciando unas palabras.

 

domingo, 31 de julio de 2016


ALEXANDER NEVSKY, Sergei Eisenstein.

Por Alberto David Ripleb   

Mucho había cambiado la Unión Soviética desde mediados de la década de los veinte -cuando el más grande director soviético de todos los tiempos filmara sus dos filmes mudos propagandísticos Octubre y El acorazado Potemkin- hasta finales de los años treinta. Para entonces, Stalin ya había puesto en marcha el primero de los planes quinquenales destinados a industrializar el país, había concentrado todo el poder en sus manos y había comenzado un período de exaltación nacionalista rusa que dejaba de lado cualquier llamamiento a la revolución internacional que no estuviera liderado por Moscú. El nuevo socialismo debía ser ruso -en un solo país- y debía ser la URSS quien iluminara al resto del mundo con su llama eterna.

            El año 1938 es crucial para la historia de la Unión Soviética. Éste es el último año de los llamados Procesos de Moscú; la purga horrenda con la que se eliminó a una serie de miembros del Partido Comunista Ruso bajo falsas acusaciones de conspiración. También las relaciones ruso-alemanas se encuentran en unas circunstancias muy curiosas: a pesar de los odios ideológicos que separan a la Alemania Nazi de la Rusia Roja, los acercamientos entre los dos países no dejan de sucederse, cristalizando al año siguiente en el Pacto Nazi-Soviético (Ribbentrop-Molov) firmado en Moscú. Stalin intuye, sin embargo, el inmenso peligro que Alemania supone para Rusia y en su afán por elevar el espíritu nacional no cesa de recurrir a toda clase de símbolos del pasado que exaltan la gloria de los guerreros eslavos de la antigua Moscovia, así como su valiente resistencia ante la agresividad germana encarnada en los feroces Caballeros de la Orden Teutónica.

            Cuando Eisenstein recibe el encargo del propio Stalin de comenzar el rodaje de la epopeya del héroe ruso, el director acaba de regresar de Estados Unidos y México. Su estadía en aquel país lo convierte en sospechoso de estar contaminado de ideas políticas contrarias al comunismo, lo cual agrava su ya de por sí pesada condición de judío a los ojos del antisemita dictador soviético. Son el prestigio del director y su talento sin igual en aquel momento los que lo salvan del destino letal que sí que les estuvo reservado a otros intelectuales del momento -muchos de ellos judíos, como Isaak Babel-: el pelotón de fusilamiento.

            Durante el rodaje de la película Eisenstein estuvo firmemente vigilado por un supervisor enviado por el Kremlin. Cualquier desviación que no sirviera a los fines propagandísticos de la película debía ser abortada antes de su comienzo. Para el papel del gran héroe epónimo que da título al filme se eligió a Nikolay Cherkasov; el más prestigioso actor del momento, procedente del Teatro Bolshoi y que a la sazón tenía treinta y cinco años. Este fue uno de los grandes aciertos de la película, pues la imagen de Alexander Nevsky quedó desde entonces, en Rusia, asociada con el actor: rubio, espigado, con leve barba; un eslavo típico del siglo XII, vestido con ornamento vikingo (varego). La banda sonora corrió a cargo del compositor Serguéi Prokofiev.

            Que el Alexander Nevsky histórico, además de héroe, fuera santo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, es algo que el filme no explica -es de suponer que lo evita intencionadamente-; la exaltación del personaje es puramente patriótica y racial. De cualquier manera, la película es, en general, bastante respetuosa con los hechos históricos que son, básicamente, la recreación de la Batalla del Lago Peipus, durante la cual Alexander incita a las huestes germanas de los Caballeros Teutónicos a atacarlo desplazándose a caballo sobre las aguas heladas del lago. Debido al tremendo peso de las armaduras de los caballeros alemanes -incluso sus caballos iban acorazados- el hielo se desquebrajó, precipitándose casi toda la caballería enemiga en las profundidades del lago y pereciendo ahogados. Pero toda la película es un apasionante viaje a la primitiva Rusia del siglo XII, a través de los fantásticos vestuarios -tanto de alemanes como de rusos- y el premeditado tono de cuento, de narración épica o legendaria de que se dota al guión. La moral que se extrae: Alemania -es decir, Occidente, la Iglesia Católica- fracasa en todos sus intentos de sojuzgar y conquistar la Rusia Ortodoxa. Así también fracasará el nazismo en su afán por someter y aniquilar a la Rusia Soviética; fracasará el capitalismo y la democracia burguesa.

            La película se ganó la admiración de Stalin. Eisenstein recibió el Premio Stalin y recibió dos años después el nuevo encargo de filmar la vida y época de otro personaje ruso de lo más controvertido y, también, infame: Iván el Terrible. Éste será encarnado, igualmente, por el ya mencionado Nikolay Cherkasov. Pero esto ya es otra historia.

 

 

 

 

sábado, 23 de julio de 2016


LA CANCIÓN DE AMOR Y MUERTE DEL ALFÉREZ CHRISTOPHER RILKE, Reinar Maria Rilke

Por Alberto David Ripleb

El espíritu heroico y belicoso que dominó Alemania desde la fundación del II Reich hasta 1945 es hoy difícilmente comprensible y ha sido, de hecho, vilipendiado y ridiculizado a partir de la fundación de la República Federal Alemana. Desde la caída del régimen nacionalsocialista Alemania se empeñó en transmitir al mundo la idea de que un nuevo país -democrático y pacifista- había nacido de las cenizas que el anterior -belicoso y agresivo- había dejado esparcidas por el centro y el este de Europa; como si el peso de toda la historia anterior de la nación no contara para nada y nada tuvieran ya que ver sus habitantes con ella. Una nueva era comenzaba para un país que habría de afianzarse como una potencia económica de primer orden mundial con una democracia sólidamente consolidada y un absoluto respeto por los derechos humanos; además de un distanciamiento escrupuloso de los símbolos nacionales extremos. Bienestar, cosmopolitismo y democracia caracterizaron a la República Federal Alemana durante décadas.

            En las décadas finales del siglo XIX y las primeras del XX, el espíritu que reinaba en el Imperio Alemán era bien diferente. Una juventud apasionada, lectora de poesía y filosofía, había contemplado la transformación de su patria -antaño dividida en reinos más bien insignificantes y provincianos- en una gran potencia militar que se tenía por heredera del ardor guerrero de los antiguos príncipes germanos y que había sido capaz de derrotar a la vecina y poderosa Francia en la guerra de 1870-71 y erigirse en una potencia temible capaz de expandirse más allá del continente europeo con colonias en África y Oceanía que plantaran cara al mismísimo Imperio Británico.

            El II Reich alemán conservaba -a pesar de la fuerte industrialización del país y de la pujanza de los grandes magnates del acero y el gran poder de la banca- unas estructuras sociales arcaicas y feudales en las que la nobleza y los altos mandos del ejército marcaban las directrices de la vida de la nación con su poder prácticamente incontestable. El período que los historiadores conocen como Paz Armada duró 44 años. Desde el final de la Guerra Franco-Prusiana de 1870 Alemania no se había vuelto a involucrar en ningún conflicto bélico en Europa, lo que, para una nación que se había forjado en el ideal romántico y caballeresco de la guerra transmitía la impresión de que su sociedad se oxidaba y decaía envuelta en el afeminamiento del confort que los grandes avances científicos e industriales proporcionaban. Así, la guerra quedó idealizada. La literatura y la poesía alemanas -grandiosas de por sí- comenzaron a exaltar el espíritu del guerrero, a invocar una nueva Atenas que debía encontrar en Berlín su espíritu renacido. El viejo espíritu de los Caballeros de la Orden Teutónica fue repetidamente invocado por innumerables pensadores alemanes.

            Se dijo de los soldados alemanes que en su petate llevaban siempre un ejemplar del Zaratustra de Nietzsche y del Fausto de Goethe. Probablemente se trataba de un mito divulgado para enderezar el espíritu bélico durante las batallas de la Primera Guerra Mundial. De cualquier manera el mito era perfectamente aceptable en una sociedad que dos años antes del estallido de la gran contienda había leído con tanta pasión un librito de poesía titulado Die Weise von Liebe und Tod des Cornets  Christoph Rilke (La canción de amor y muerte del abanderado Christoph Rilke), al que le estaba esperado un éxito sin precedentes en la historia de la lírica europea; una obra, precisamente, de tema bélico que hubiera sido más bien impensable en casi cualquier otro país de la Europa de entonces y cuyo autor era un poeta de 24 años llamado Rainer Maria Rilke; aún prácticamente desconocido fuera de los círculos literarios. Se trata de una narración en prosa poética dinámica, rítmica y llena de simbología referente al mundo del guerrero, la religión y la amistad de campamento que cuenta la historia de dos compañeros de armas -uno alemán, otro francés- los cuales toman parte en la llamada "Guerra contra los Turcos" (Siglo XVII, uno de los numerosos encontronazos violentos entre el imperio de los Habsburgo y el de los otomanos).

            De principio a fin de la narración todo es una continua cabalgada a través de las llanuras centroeuropeas, en pos de los turcos. Aguas empantanadas, cabañas miserables; apenas vegetación, apenas construcciones arquitectónicas de mención. Los dos jóvenes guerreros protagonistas cabalgan, acampan y hablan fugazmente de sus vidas pasadas, de lo que dejaron atrás. El alemán es Christoph Rilke, un supuesto antepasado del autor, con el cual éste se identifica plenamente hasta dejar su vida confundirse con la del personaje idealizado. La melancolía domina la historia, la soledad, la ausencia de la mujer salvo en el recuerdo (esa amada Magdalena que Christoph tiene en la cabeza todo el tiempo y que acaba por identificar con la Virgen María).

            El largo poema se supone escrito todo de un tirón tras una súbita inspiración que ocupó a Rilke una noche entera del año 1899; es decir, trece años antes de su publicación y gran éxito. Una noche en la que los rayos de la luna iluminaron las cuartillas del joven que, muchos años después, en su edad madura escribiría los grandiosos Sonetos a Orfeo y las Elegías de Duino, obras llenas de misterio y misticismo muy alejadas del universo heroico que lo absorbió aquella inolvidable víspera de fin de siglo.

            El espíritu de soldado y la idealización de la guerra quedaron asentados en Alemania hasta 1945; año en el que toda una era terminó bajo los escombros de la II Guerra Mundial y una nueva concepción del mundo y de la sociedad alemana y europea occidental -el del pacifismo a ultranza y la democracia junto con el estado de bienestar- se impusieron en las décadas subsiguientes hasta la actualidad. En este contexto, La canción de amor y muerte se encontraba más bien fuera de lugar y quedó fuera del círculo de obras de Rilke consideradas imprescindibles, en beneficio de un poeta más espiritual y recogido.

            Sin embargo, la pérdida del ardor guerrero no parece que le haya restado sentido ni belleza al poema. Hasta 2006 se calculan en más de un millón de ejemplares editados conteniendo únicamente esta narración. Hoy, el espíritu europeísta parece haber retrocedido en Alemania y una nueva juventud ha roto viejos tabúes -se muestra mucho más la bandera, se llama más a su país por su nombre y no simplemente "República Federal"-; se desconfía de la moneda única y se rechazan los rescates económicos de países en banca rota. Del miedo al islam, mejor no hablar.

            No se glorifica la guerra, faltaría más. Pero las concentraciones nacionalistas de Dresde -Movimiento Pegida- nos muestran que algo del viejo espíritu ha pervivido o ha renacido para bien o para mal en Alemania.